Espejo azul, una hierba nace abierta de tu mano. Nos lavaremos para recibir al Sanador. Los inciensos –como ángeles– se levantan. Los ángeles –inciensos– ya están danzando. Estamos aquí por los dorados enfermos, los arqueados, que buscan, con la mano enceguecida, tu néctar, entre las estructuras manchadas. Amigo: por ti, cual cirios de carne, ardemos: ¿quién otro nos pondrá un ojo tercero de vida en la frente? Así que en la costa hemos dejado un tabaco fino, un sahumerio rojo, inmortal –una ciudad de ofrendas, para ti. Te damos todo: los pájaros transparentes te damos. Remueve la decadencia, remueve la pudrición, en el centro de los nombres remueve lo triste, y lo no expiado. ...